La puerta de embarque

Alguna vez me preguntaron que por qué no me dolían las despedidas, que por qué me quedaba hasta el último adiós de una persona, o esperaba hasta que atraviesen la puerta de embarque. Que por qué me quedaba con él si sabía que se iba a ir, que por qué volvía para despedirme y siempre era la primera en decir adiós.

Y creo que es porque me hace fuerte, las despedidas me dan un poco de tranquilidad, o miedo. Porque me hacen entender que somos almas libres, y que llegamos a algún lado o a alguien en el momento que necesitamos hacerlo, y que de esa misma forma nos vamos.

Tal vez y si es miedo, a irme yo, a dejarlo, a no decir adiós a tiempo, a que no volteen mientras voy por la puerta de embarque. Y por eso no me duele despedirme, porque así entiendo que las personas no son eternas, que están prestadas, que sólo podemos tenerlas un instante o muchos años; y ya depende de nosotros disfrutar al máximo de ese tiempo.

Que gracias por estar, gracias por llegar, y que hasta pronto o hasta aquí; pero gracias.

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