A la distancia

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La distancia tiene ese efecto. Si hoy me pusieran frente a frente a ese hombre, supiera en seguida que estoy tratando con un desconocido, que la persona que alguna vez conocí hace más de 30 años no era esa que me esta sonriendo, supiera que ese abrazo es real y que los imaginarios no se sienten igual.

Que la distancia lastima y ni las puntadas más reales son capaces de cerrarlas sin dejar alguna cicatriz, que si, que hace 30 años éramos unos niños, capaces de llevarnos el mundo por delante, pero no supimos llevarnos, no aprendimos a esperar, no se nos ocurrió la idea de imaginar que algún momento vendría ese “ojalá”, que el tiempo se siente y acabó haciéndonos sentir su importancia.

No, la distancia tiene ese efecto y hoy, tu y yo somos 2 desconocidos que se regalan un abrazo, que se llevan por dentro, pero que ahora mismo ya no hay amor, que ese se fue poco a poco con la distancia, que que hay cariño, hay recuerdos, que hay mucho más que buenos deseos, que hay luz. Sí, la distancia tiene ese efecto, pero la mente tiene otro aún mejor.

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